01 noviembre, 2010

Soneto

Ríe sobre tu carne mi silencio;

nadie sabrá la pena que tuviste.

¿Dónde estará tu alma, si es que existe?

Nadie más vio morir este momento.


Tampoco tú, ya que estabas dormido,

muerto desde hace tiempo en tu miseria,

muerto por olvidarte de tu historia;

y el hombre sin historia es sólo olvido.


Por eso es que en tu muerte no hay culpable,

por eso es que matarte es mi alegría,

por eso es que hoy yo bebo de tu sangre.


Podrás arrepentirte en otra vida,

pues ya la noche se hizo interminable,

y no hay canción que cure tus heridas.

26 febrero, 2010

Décimas para un alma viajera

Tengo una maleta abierta;
quisiera guardar mis sueños,
salvarlos de los venenos
que la realidad inyecta;
dejando esta vida muerta,
quisiera viajar tan lejos,
lograr mis anhelos viejos;
quemar en tierras y mares
mis culpas, penas y males;
mas lloro el amor que dejo.

Oscura es la vida envuelta
con mantas de hipocresía;
mentira es la poesía;
cerrada quedó la puerta,
dejando esta vida muerta;
ver mi cara en un espejo,
ver cómo me pongo viejo,
y pa' que tenga sentido,
me arranco en un tren de olvido;
mas lloro el amor que dejo.

De qué sirve ser humano,
cuando armas tu propia reja,
y el alma ya ni se queja,
cuando la mata el desgano;
y nadie le da una mano,
ya todos tienen su encierro,
perdidos sin luz ni fuego
en las tinieblas del mundo,
tan lejos ya de su rumbo;
haré mi maleta luego.

23 febrero, 2010

La fiesta vieja

Salí de la carpa y sentí el viento helado que suspira a todas horas sobre las tierras pre cordilleranas. Tenía ganas de escribir, así que me senté sobre una piedra con un cuaderno y un lápiz en la mano; mas no logré plasmar ninguna idea sobre el papel.
Me levanté y caminé hacia el rio, con la esperanza de encontrar un poco de inspiración entre la naturaleza milenaria. Ahí conocí a un viejo árbol .
Entablamos conversación inmediatamente, y me contó una historia de tiempos antiguos. Me dijo que cerrara los ojos y, cuando lo hice, en mi mente aparecieron imágenes que daban vida a lo que el árbol decía.
Cuando abrí los ojos me puse a escribir las décimas que dejo a continuación:


Escucho cantar el río
el bosque ya armó su fiesta
los zorros con su revuelta
se han olvidáo del frío;
ya no hay pájaro en su nido,
hoy todos se desvelaron
los pumas se desataron
bailando toda la noche;
guitarra, fogata y boche
de tiempos que ya pasaron

La fiesta fue larga iñora
duró no sé cuánto tiempo
y tengo conocimiento
de lo que le 'igo ahora
porque yo he visto la historia
que los árboles me muestran
cuando todos ya se acuestan
la magia se hace presente
y veo el pasado ausente
que los chaguales me cuentan

23 junio, 2009

América en Latina

América entra en su tina llena de agua y espuma; se queda quieta, los ojos cerrados. Así es como América se olvida del mundo.
El agua se mete en cada rincón de su figura. Es como si encima de ella hubiera un hombre besando cada centímetro de piel; un hombre moreno igual que ella, ardiente igual que ella; y de ella sólo queda la cara morena, hermosa, porque todo lo demás está bajo el baño de espuma que preparó con dream’s bubbles.
A su lado hay un envase de shampoo entreabierto. Lo aprieta y se echa un poco del líquido espeso en la palma de la mano, sintiendo el contacto frío y resbaloso que luego va a parar a su pelo. 
Los dedos de América son gruesos y morenos. Los dedos de América tocan la cabeza de América y le quitan la tierra que era de ella, lo único que realmente era de ella.
América recuerda que tiene un televisor en su baño. Lo enciende y mira como si la realidad estuviera en otro lugar, lejos. América disfruta, mientras el agua le quita la tierra.

09 abril, 2009

Secuencia Mortuoria en Seis Movimientos para piano, guitarra eléctrica y orquesta .

1.- Ultimas Palabras. Andante triste.

Casi olvido recordar las últimas palabras del viejo. Me miró como si fuera su último minuto de vida – y lo era–.
Casi olvido recordar su expresión. Dolor y alegría eran lo mismo: no existía diferencia. Pobre viejo.
Casi olvido recordar las últimas palabras del viejo. Me las dijo con total pesadumbre, apretando las sábanas, con los restos de fuerza del alma que se apronta para el último viaje.
Pero no hizo las maletas. No se puso su gorro de pescador ni vistió la camisa floreada. Pobre viejo: era su último viaje y casi olvido recordarlo.


2.- Mañana nunca lo supe. Moderato misterioso.



Entró en mi habitación y me saludó. Yo no entendí: estaba durmiendo antes de que viniera con la luz del pasillo.
Se quedó parada, mirándome fijamente. No decía palabra alguna y no acerté a cuestionarla; así estuvimos un buen rato y llegué a pensar que se había muerto frente a mí, pero dijo algo ininteligible, y luego:
- ¿Mañana?
- Mañana – respondí por inercia, aunque no conocía esa mujer que me hablaba.
Mañana nunca lo supe.


3.- Los muertos también quieren llorar. Moderato desgarrador.

Quisiera poder verlos con mis ojos vacíos, mi rostro pálido y mi cuerpo esquelético; me gustaría saber qué hacen, y si me recuerdan un día distinto al de mi muerte. A veces pienso que todo lo que lloran cuando vienen a verme –y en realidad no me ven– es de lágrimas acumuladas en ojos que no dan abasto. ¿Lloran por mí o lloran por los problemas que no pueden solucionar? ¿Lloran por mí o por lo que yo les daba y que ya no tienen? En cualquier caso lloren sin complejos, que yo daría todo para que mis ojos pudieran llorar.


4.- Conversación con dos gusanos. Allegro risueño y festivo.


- Este tipo está podrido – dijo el gusano grande.
- Como a ti te gustan – le recordó el gusano pequeño.
Yo los escuchaba mientras hablaban acerca de qué trozo comerían primero, y de sus opiniones respecto a mi sabor. De vez en cuando me pedían algún consejo y yo les recomendaba una parte de mi cuerpo que seguramente estaba bien, entonces reíamos y nos dábamos palmadas amistosas en la espalda.


5.- Dos flores por año . Andante ácido.


Mírame aquí sentado sobre mis huesos
pensando que la muerte cabe en un baúl
creyendo que la vida vale dos flores por año,
y mis vecinos gritando por el cielo ya negado
para los que creían que la vida valía dos flores por año.
Porque mis vecinos
creían que la muerte cabía en un baúl,
y pensaban en flores,
que no venían al caso.

Y en vida pensaron en sombras,
y en muerte miraron las sombras,
y luego no vieron nada:
estaban sumidos en sombras,
en negras figuras que engañan y corrompen,
que ocultan las babas de los gusanos,
que esconden los huesos de los mortales,
y duermen las criptas en sopores eternos
de pobres y ricos, de tiranos y santos.

A la cresta los sarcófagos,
y qué importan los vecinos,
y qué importan las flores.
Lo único que importa es que estoy aquí,
sentado sobre mis huesos en la tumba de los ilusos,
en el lecho de los perpetuos
que lloraron hasta secar sus ojos
cuando la vida valía algo más que dos flores.

Una flor para el difunto,
un recuerdo de la vida,
una lágrima con pétalos,
que ríe y llora mientras se marchita,
sobre la tierra que cubre los más antiguos hedores,
apagando los gritos que revientan los cráneos.



6.- Discurso Fúnebre. Moderato solemne/ Allegretto cómico/ Moderato triste

Bajo esta piedra duerme el eterno soñador, hablando con la muerte, contándole al olvido que la vida se le fue.
Hoy, lloran su muerte porque no volverán a verlo, pero ignoran que él se retuerce en risas dentro de su tumba. Se burla, sí, se burla de las lágrimas que malgastan vuestros ojos; él les diría que lloren por el mundo y por los que nacen para destruirlo, y no por los que se marchan para dejar de corromperlo.
En este preciso instante, lo más probable es que les esté contando a los gusanos acerca de ustedes –de cada uno–, detallando vuestras cualidades y defectos, poniendo especial énfasis en explicar el grado de afinidad que tienen con los limones. Entonces, los gusanos pensarán que les está tomando el pelo, y para defender su orgullo le comerán la carne, dejando el esqueleto. Pero antes jugarán una partida de ajedrez y luego sacudirán los baúles de la muerte con música y cantos de jolgorio.
En los próximos años despertará un día y se quedará sentado sobre sus huesos, pensando que la vida es corta, maldiciendo la fugacidad del tiempo de los Hombres. Y hablará solo; y reirá solo. Llorará solo.
Cada año vendrá alguien a dejar flores que apestan y a rezar infinitas oraciones que, por repetición, terminarán enloqueciendo su poca cordura. ¡No las quiso en vida y se las traen para agobiarlo en el lecho de los perpetuos! Pensará que así es la muerte y seguirá sentado sobre los huesos que en vida le pertenecieron, extrañando caminar, cavilando sobre la importancia de las sombras; preguntándose dónde está Dios.
Llegará el instante en que conocerá a Einstein, Julio César, Jimmi Hendrix, Hitler, Nietzsche, Stalin, Lutero, Saint-Sänz, Juana de Arco y tantos otros, santos y tiranos. Todos se reunirán y harán una gran fiesta para reírse del cielo y del infierno; será una fiesta que durará años, e incluso los ángeles bajarán a bailar y saltar en un pie equilibrando una escoba en la nariz. Porque la muerte nos iguala.
Cuando acabe la parranda, cada uno volverá a sus tumbas para seguir durmiendo el sueño eterno de la muerte. Sin embargo él no dormirá; intentará llorar, pero será imposible, porque llega un momento en que los difuntos ya no pueden hacerlo; intentará morir para acabar el sufrimiento, pero pronto caerá en la cuenta de que no se puede dejar de vivir cuando no se vive. Ahí es donde comenzará a sentirse solo, sin amor entre los brazos, sin libros ni guitarra, sin palabras en su boca: sólo un par de flores que apestan y el recuerdo en los mortales, con sus frágiles memorias.

30 diciembre, 2008

La Inmortalidad del Cangrejo

Un cangrejo solitario sentose a la orilla del mar, pensando que los cangrejos mueren, y odiando a la muerte, pues hacía que los cangrejos murieran.
Una gaviota lo miró con curiosidad y se le aproximó para preguntarle en qué pensaba.
- En que los cangrejos debemos morir.
- Las gaviotas también morimos.
- ¿Y tienen idea de por qué les ocurre?
- No.
- ¿Se lo han cuestionado?
- No.
El cangrejo miró el horizonte y se preguntó si la gaviota era estúpida o demasiado conformista. Siguió mirando el horizonte.
- ¿Qué miras? – quiso saber la gaviota.
- Nada. Sólo pienso.
- ¿En qué?
- En que las gaviotas vuelan, y no saben por qué; comen, y no saben por qué; incluso viven, y no saben por qué.
- ¿Para que quiero saber por qué?
- Para explicármelo a mi, que no acabo de entender. Así quizá comprenda por qué motivo ustedes, las gaviotas, se encargan de finalizar la existencia de nosotros, los cangrejos.
- Por ley.
- ¿Ley de quién?
- De Dios. El lo establece todo.
- Entonces Dios es un tirano, que prefiere a las gaviotas antes que a los cangrejos.

No siguieron hablando de leyes y tiranías del Dios que pudo existir; la gaviota no sabía lo que era un tirano, pues nunca había pensado en ello.
Hablaron de otras cosas, y el cangrejo le explicó que si algún día descubría la explicación a sus interrogantes, sería inmortal.
- ¿Inmortal?
- Sí, inmortal; como ningún cangrejo lo ha sido antes.
La gaviota no concebía la idea de inmortalidad, y se limitó a sacudir sus alas, por costumbre.
- Si no entiendo la muerte, moriré – continuó el cangrejo –. Pero cuando logre hallar la respuesta no tendré que morir para experimentarlo. Seré inmortal.

Se marchó entonces la gaviota sobre el mar infinito, y se encontró con un pelícano que le habló sobre un cangrejo que estaba en la orilla sin moverse.
- Está pensando – le explicó la gaviota.
- ¿En qué? – quiso saber el pelícano.
- En la inmortalidad del cangrejo.

12 diciembre, 2008

Treinta Segundos

En treinta segundos podría explicar lo que quiero explicar, pero es muy probable que no sea capaz de hacerlo en la forma precisa; lo que ocurre es que sólo dispongo de medio minuto, y cuando el marcador llegue a ese tiempo la conversación finalizará de golpe. El problema es que si eso pasa mi explicación quedará a medias, por lo tanto no alcanzará a ser efectiva.
Si no logro una explicación que consiga dejar todo asimilado de manera clara en su mente, ella va a tomar el avión y se irá lejos sin haber oído lo que yo quería decirle.
Miro el celular. Trato de tomar una decisión. Ordeno mi discurso. Es inútil; por más que intento encajar todo -los hola, la explicación, la posterior súplica y un margen de cinco segundos para los titubeos- en los treinta segundos, me resulta imposible. Lo menos que he tardado en los discursos de prueba es un minuto con siete, sin dejar tiempo para las intervenciones de ella ni mucho menos para su respuesta.
No importa. Busco en la agenda el número que necesito: ocho nueve dos cuatro nueve seis siete cero. Pongo mi dedo sobre el botón verde, sin presionar, y lo dejo ahí no sé cuánto rato pensando en no sé cuántas cosas. Justo antes de marcar, el celular suena y es ella. Hola mi amor después de pensarlo mucho llegué a la conclusión de que no es tu culpa así que todo se solucionará y me dice además que nos veamos en la entrada del hotel que ahí estará ella y que en realidad es ella quien debe pedirme perdón. Chucha, estaba soñando despierto. Me dormí veinte segundos. Veintiuno. Veintidós. Chucha de nuevo. El celular sigue contando –marqué sin querer- y es ella quien está del otro lado preguntando furiosa qué quiero y diciendo que si no voy a hablar para qué llamo y aclarando que en realidad ya no tengo que llamarla porque lo nuestro terminó para siempre. Veintiocho. Trato de decir algo, lo que sea. No puedo; me sudan las manos. Veintinueve. Comienza a decirme que se va a subir al avión, pero no alcanza a terminar la frase.